Apoyo a “No Kings”, pero un día no será suficiente.

Nota del editor: El siguiente artículo fue publicado originalmente por Matt Alley en Blue Collar Writer el 27 de marzo del 2026.

Apoyo las protestas de No Kings. Permítanme ser claro desde el principio, porque en tiempos como estos, los matices tienden a perderse. Creo en la importancia de participar. Creo en que la gente salga a las calles, alce la voz y les recuerde a quienes ostentan el poder que este país no pertenece a ninguna persona, partido o ideología. Nos pertenece a todos.

Y para cualquiera que pregunte de qué se trata realmente “No Kings”, no es solo un eslogan, ni se trata solo de una persona.

Se trata de rechazar la creciente idea de que el poder debe concentrarse en una persona, un cargo o un movimiento que exige lealtad por encima de la verdad. Se trata de oponerse a la erosión de las normas democráticas, a los ataques contra las instituciones, a la retórica deshumanizadora que convierte a los vecinos en enemigos y a la peligrosa tendencia hacia el gobierno por la fuerza, el miedo o la personalidad.

Se trata de decir, con claridad y sin rodeos: aquí no tenemos reyes.

Porque cuando la democracia empieza a inclinarse hacia el autoritarismo —cuando la crueldad se normaliza, cuando la disidencia se castiga, cuando la verdad se vuelve opcional— eso no es solo una crisis política. Eso es una amenaza para nuestra humanidad compartida.

Así es como se siente este momento para mucha gente. No es abstracto. No es teórico. Es real.

Así que sí, preséntate.

Encuentra tu protesta local de No Kings y participa. Únete a quienes aún creen en la democracia, en el poder compartido, en la verdad fundamental de que juntos somos más fuertes que divididos. La unión hace la fuerza. Ser visibles nos da poder. Hay algo real en mirar a nuestro alrededor y darnos cuenta de que no estamos solos en nuestras convicciones.

Aquí puedes encontrar eventos: https://www.nokings.org

No le des demasiadas vueltas. No te quedes al margen. Necesitamos gente en las calles. Necesitamos que se alcen las voces. Necesitamos que se envíe ese mensaje inequívoco, alto y claro.

Y lo digo en serio: tienes que estar allí.

Pero mentiría si dijera que ahí terminan mis sentimientos.

Porque junto a ese apoyo incondicional hay una verdad más silenciosa e inquietante que no puedo ignorar: una parte de mí se pregunta qué pasará al día siguiente.

Todos hemos visto esto antes. Se marca una fecha en el calendario. La energía crece. La gente acude. Las calles se llenan. El mensaje es contundente, unificado, innegable. Y luego, casi siempre, volvemos a casa. De vuelta al trabajo. De vuelta a las obligaciones. De vuelta a las rutinas que mantienen la maquinaria en marcha.

Mientras tanto, ¿el sistema contra el que protestamos? Sigue avanzando.

Esa es la tensión de la que no puedo librarme.

No es que las protestas no importen; al contrario, importan muchísimo. A menudo son la chispa que enciende la chispa. Son la forma en que la gente se encuentra. Son la manera en que los movimientos se dan a conocer al público en general. Les recuerdan a quienes están en el poder que están siendo vigilados.

Pero la historia es brutalmente clara en un aspecto: El cambio no surge de un solo día de protestar enérgicamente. Surge de una presión constante.

Surge de una organización que no se ajusta perfectamente a una sola tarde.

Proviene de boicots que obligan a las corporaciones a prestar atención.

Proviene de huelgas que interrumpen el funcionamiento habitual de la actividad empresarial.

Surge de la creación de redes, coaliciones y movimientos que no se disuelven cuando se recogen las pancartas y se apagan los cánticos.

Ahí es donde residen mis emociones encontradas.

Porque entiendo —profundamente— por qué la gente necesita actuar ahora mismo. Yo también lo siento. La frustración. La urgencia. La sensación de que quedarse de brazos cruzados no es una opción. La gente busca la manera de reaccionar, de formar parte de algo más grande que ellos mismos.

Y presentarse forma parte de ello.

Importa.

Pero esa no puede ser toda la historia.

El movimiento obrero no conquistó derechos con una sola protesta. Los derechos civiles no se lograron con una sola marcha. Esas victorias se forjaron mediante una presión constante e implacable, gracias a personas que se negaron a dejar pasar el momento y que convirtieron un día de protesta en un compromiso a largo plazo.

Esa es la diferencia entre un momento y un movimiento.

Sí, apoyó a No Kings. Apoyo a las personas que se presentarán, que alzarán la voz, que se negarán a aceptar algo que parece fundamentalmente erróneo.

Deberías ser uno de ellos.

Tienes que ser uno de ellos.

Pero cuando todo termina, cuando la multitud disminuye y los letreros se retiran, es cuando comienza el verdadero trabajo.

Porque un solo día de protesta puede enviar un mensaje.

La presión sostenida es lo que provoca el cambio.

Y si No Kings se convierte en algo más que un momento —si se convierte en un punto de partida para la organización, para la acción colectiva que no termina cuando las calles se despejan— entonces no sólo importará.

Será necesario.


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