Un paciente con diabetes, hipertensión y enfermedad renal sale de una clínica con un conjunto familiar de instrucciones: comer más frutas y verduras frescas, reducir el sodio, evitar los alimentos procesados, tomar los medicamentos a tiempo y regresar para una consulta de seguimiento. Pero al llegar a casa, el refrigerador está casi vacío. La tienda de comestibles más cercana es costosa. El autobús es poco confiable. El salario no alcanzará hasta fin de mes. El banco de alimentos local ya está saturado. Cuando este paciente regresa al departamento de emergencias con niveles de azúcar descontrolados o una presión arterial peligrosamente alta, el sistema de salud está listo para pagar la crisis. Sin embargo, ha estado mucho menos dispuesto a pagar por los alimentos que podrían haber ayudado a prevenirla.
Esta es la paradoja en el centro de la atención de las enfermedades crónicas: prescribimos rutinas que dependen de la estabilidad mientras muchos pacientes viven en condiciones de escasez. Para los 1.4 millones de neoyorquinos que enfrentan inseguridad alimentaria, esa escasez puede acompañarlos directamente al consultorio médico. La inseguridad alimentaria no se trata simplemente de hambre; para las personas con enfermedades crónicas, puede determinar si un plan de tratamiento es siquiera viable. Los adultos que experimentan inseguridad alimentaria tienen entre dos y tres veces más probabilidades de padecer diabetes tipo 2, y para quienes ya viven con diabetes, la inseguridad alimentaria está asociada con niveles más altos de A1C, más complicaciones, más hospitalizaciones y una peor salud mental.
La carga no se distribuye de manera uniforme. En 2024, más de uno de cada diez neoyorquinos reportó insuficiencia alimentaria, una medida que indica no haber tenido suficiente comida durante la semana anterior. Los neoyorquinos negros e hispanos experimentaron insuficiencia alimentaria aproximadamente al doble de la tasa observada entre los neoyorquinos blancos. Además, quienes ganaban menos de 25,000 dólares al año registraron una tasa de 29.1 %, trece veces mayor que el 2.2 % observado entre quienes ganaban 100,000 dólares o más.
Los responsables de formular políticas públicas no pueden seguir calificando estos resultados como “disparidades” mientras ignoran las condiciones materiales que los producen. Con frecuencia, el sistema de salud presenta los malos resultados como fracasos individuales: citas perdidas, mala alimentación o enfermedades mal controladas. Pero la inseguridad alimentaria cambia esa interpretación. Es posible que un paciente no esté ignorando las recomendaciones médicas; tal vez esté priorizando su supervivencia. La falta de adherencia al tratamiento suele ser la forma en que la pobreza aparece descrita en un expediente médico.
Esto es especialmente cierto para los pacientes de Medicaid con enfermedades crónicas complejas, cuyas necesidades de salud rara vez existen de manera aislada. Manejar una enfermedad crónica ya es difícil bajo condiciones de inseguridad alimentaria; manejar varias puede volverse casi imposible. Estos desafíos médicos suelen verse agravados por viviendas inestables, barreras de transporte, salarios bajos, responsabilidades de cuidado familiar y acceso limitado a atención especializada. La inseguridad alimentaria no simplemente añade otra carga; amplifica todas las que ya existen.
En Nueva York, Medicaid no es un programa marginal, sino un pilar central del sistema de salud, ya que cubre a más de 6.4 millones de personas en todo el estado, incluyendo más de 3.6 millones solo en la ciudad de Nueva York. Por ello, Medicaid ocupa una posición única en este debate, ya que atiende a muchos de los pacientes que se encuentran en la intersección de bajos ingresos, complejidad médica y marginación estructural. Si Medicaid realmente busca mejorar los resultados de las enfermedades crónicas y reducir las disparidades raciales en salud, debe considerar intervenciones relacionadas con la alimentación —como comidas médicamente adaptadas, recetas para frutas y verduras y asesoramiento nutricional— no como beneficios adicionales, sino como herramientas prácticas para el manejo de enfermedades crónicas.
Nueva York está poniendo a prueba esta idea mediante su exención 1115 de Medicaid, un programa de 7.5 mil millones de dólares durante tres años que estará vigente hasta el 31 de marzo de 2027. Entre los servicios relacionados con la alimentación se incluyen asesoramiento nutricional, comidas médicamente adaptadas entregadas a domicilio, recetas de alimentos y suministros para cocinar. En lugar de tratar estas necesidades como algo separado de la atención médica, el experimento de Nueva York reconoce que el manejo de las enfermedades crónicas depende de que los pacientes puedan acceder realmente a los recursos que sus planes de atención requieren.
Este experimento debería impulsar una conversación nacional sobre si Medicaid puede pasar de un modelo centrado en la enfermedad a uno centrado en la prevención y la estabilidad. Si la inseguridad alimentaria empeora de manera predecible las enfermedades crónicas, el apoyo nutricional no debería depender de la filantropía de bancos de alimentos sobrecargados. Durante años, las organizaciones comunitarias han llenado vacíos que el propio sistema de salud ayudó a crear, pero depender de la caridad no es una solución sostenible.
Además, el argumento económico es tan claro como el moral. Medicaid ya paga por las consecuencias de la inseguridad alimentaria: visitas a emergencias, reingresos hospitalarios prevenibles y cuidados posteriores a la hospitalización. Las comidas médicamente adaptadas no resolverán por sí solas las enfermedades crónicas, pero negarse a financiar apoyo nutricional mientras se pagan complicaciones evitables carece de coherencia clínica y es financieramente miope.
La pregunta no es si Medicaid debería convertirse en un programa de alimentación. La pregunta es si Medicaid puede seguir fingiendo que la alimentación no tiene nada que ver con las enfermedades cuyo tratamiento ya cuesta miles de millones de dólares. Los pacientes de Medicaid con enfermedades crónicas complejas no necesitan otro folleto que les diga que deben comer mejor. Necesitan un sistema de salud lo suficientemente honesto como para reconocer que la atención de las enfermedades crónicas depende de la seguridad alimentaria. Si Medicaid puede pagar una hospitalización, también debería poder pagar la comida que ayuda a mantener estable a un paciente en su hogar. El experimento de Nueva York no es radical porque trate la alimentación como medicina. Es radical porque pregunta por qué el sistema de salud tardó tanto tiempo en hacerlo.
Biografía de la autora: Jeanette Nguyen es estudiante de segundo año de la Maestría en Salud Pública (Master of Public Health) en la Universidad de Columbia, en el Departamento de Ciencias Sociomédicas, y cursa un certificado en Investigación y Práctica de Promoción de la Salud. Su compromiso con el apoyo a las comunidades inmigrantes refleja años de investigación participativa y servicio comunitario, durante los cuales ha trabajado para reducir las barreras en el acceso a la atención médica y a la educación en salud. Espera integrar su formación multidisciplinaria y su dedicación a la justicia social en una carrera orientada a impulsar soluciones inclusivas que aborden las desigualdades sistémicas y promuevan una atención médica culturalmente competente.
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