La educación en Cuba en crisis: cierres en la Universidad de La Habana

Nota del editor: El siguiente artículo ha sido escrito por Fabiana Barrientos, una de las prácticas de verano del Tribuno del Pueblo. 

Tras la toma de posesión de Donald Trump en enero de 2025, el embargo contra Cuba, promulgado durante la administración de Eisenhower, ha alcanzado niveles de restricción sin precedentes. El embargo se ha intensificado con un «bloqueo de combustible» de facto que impone aranceles y otras restricciones a las empresas extranjeras que venden petróleo y derivados al Gobierno cubano, además de volver a calificar al país como Estado patrocinador del terrorismo.

Más allá de los cortes de electricidad diarios en toda la isla y del aumento de la pobreza, un aspecto alarmante e igualmente devastador del bloqueo es el efecto que ha tenido en el sistema educativo cubano.

Tras el derrocamiento del gobierno de Batista por parte de Fidel Castro y otros miembros del Movimiento 26 de Julio el 1 de enero de 1959, la educación se convirtió en una piedra angular del proyecto revolucionario. Fue durante esta época cuando la Universidad de La Habana hizo que la educación superior fuera gratuita y accesible para estudiantes de toda América Latina y de todo el mundo. En su momento de mayor afluencia de alumnos, la Universidad de La Habana impartía formación a decenas de miles de estudiantes repartidos en dieciséis facultades y numerosos centros de investigación, lo que le valió la reputación de ser la principal institución de enseñanza superior de Cuba. A lo largo de los últimos 60 años, Cuba ha formado a más de 100 000 médicos, y el sistema de enseñanza médica del país ha obtenido reconocimiento internacional; las universidades cubanas han graduado a más médicos que cualquier otro sistema de enseñanza superior de América Latina.

Sin embargo, el endurecimiento del bloqueo de combustible ha hecho que esta visión de la educación socializada sea cada vez más difícil de mantener. Amalia, estudiante de último curso y principal organizadora de la Federación de Estudiantes de la Universidad de La Habana, nos habló de los retos a los que se enfrentan los universitarios. Explica que el campus principal de la universidad se cerró en febrero y que se ha indicado a los estudiantes que sigan las clases en línea. Sin embargo, a medida que los cortes de electricidad aumentan en alcance y duración, las clases en línea se han vuelto imposibles de mantener, especialmente para los estudiantes de zonas rurales que carecen de la infraestructura necesaria para utilizar fuentes de energía alternativas, como los generadores.

Amalia explica que, últimamente, en su distrito solo hay electricidad unas dos horas al día. Señala que, durante ese tiempo, debe terminar todas las tareas esenciales que requieren electricidad —como lavar la ropa y los platos—, además de sus deberes escolares. Sin embargo, explica que, aunque haya electricidad, es posible que los alumnos no puedan conectarse a Internet. «El acceso tanto a Internet como a la electricidad debe coincidir a la perfección para poder completar las tareas escolares», afirma. Amalia advierte de que las continuas interrupciones amenazan con crear una generación de estudiantes incapaces de acceder plenamente a la educación a la que tienen derecho.

Etienne es un estudiante de intercambio estadounidense que cursó un semestre en la Universidad de La Habana antes de su cierre en febrero de este año. Explica que la universidad simplemente no contaba con la infraestructura necesaria para mantener el funcionamiento diario: «Los baños se desbordan», afirma, «no funcionan, y se ha llegado a un punto en el que solo de vez en cuando hay un trabajador dispuesto a entrar con un cubo para rellenar los inodoros a mano y vaciar la orina».

Amalia, que está terminando su tesis sobre el papel del revolucionario Che Guevara, afirma que no pierde la esperanza: «Este es el único mundo que he conocido», dice, refiriéndose al bloqueo que dura ya décadas, «pero siempre hemos encontrado la manera de adaptarnos. Sé que esto no es el fin de la Universidad. No deberíamos tener que ceder a los deseos de una potencia extranjera para seguir teniendo acceso a nuestra educación».

Etienne comparte esta opinión y añade: «La Universidad de La Habana lleva siglos en pie, y que se derrumbe a causa de la crueldad del Gobierno estadounidense es casi inconcebible». Añade: «Los meses que pasé en la universidad me enseñaron mucho sobre Cuba y sobre la resiliencia del pueblo cubano, que, en última instancia, acaba soportando el peso de las decisiones tomadas por políticos sentados en una sala en algún lugar de Washington».

Por lo tanto, mientras la pobreza, las enfermedades y el descontento se disparan en la isla, el coste generacional del bloqueo se manifiesta en la inhumanidad del ataque a la educación, cuyas consecuencias se extienden más allá de las fronteras de Cuba hasta las comunidades de todo el mundo que llevan mucho tiempo dependiendo de médicos y profesores formados en Cuba. Resulta alarmante que toda una generación de jóvenes cubanos corra el riesgo de convertirse en la primera en décadas para la que la promesa de una educación gratuita y universal no sea más que un recuerdo.


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