El carrito de Rufino
Nota del editor: El siguiente artículo fue publicado originalmente por Margarita Gonzalez en La Talacha el 23 de octubre de 2026. Si desea suscribirse a su Substack, por favor haga clic aquí.
El 31 de julio de 2026, Rufino Jiménez cortó la cinta de un carrito de comida que durante mucho tiempo había parecido un sueño lejano. Invitó a sus hijos, su esposa, familiares y amigos. Después de 30 años vendiendo mazorcas de maíz,esquites, y raspados en Echo Park, finalmente consiguió que le aprobaran un carrito para que pudiera operar cumpliendo con las normas de salud y seguridad.
“Nunca perdí la fe”, dice Rufino.
Pero antes de ese día, hubo años de incertidumbre. Durante décadas, muchos vendedores ambulantes que trabajaban en las calles de Los Ángeles se enfrentaron al riesgo de recibir multas y de que les confiscaran los alimentos y la mercancía de los que dependían para mantener a sus familias.
La situación comenzó a cambiar después de años de organización por parte de los propios vendedores ambulantes y organizaciones comunitarias. En 2018, California aprobó la SB 946, conocida como la Ley de Venta Segura en la Acera, estableciendo un marco estatal para despenalizar la venta ambulante. Cuatro años después llegó la SB 972, que modificó el Código de Alimentos Minoristas de California y creó la categoría Operación móvil compacta de comida (CMFO), lo que permite que los carritos de comida más pequeños obtengan permisos sanitarios. La ley entró en vigor en enero de 2023.
Pero ganar una ley no significaba que los carros aparecieran al día siguiente.
Como explica Anita, organizadora comunitaria del Colectivo Poder Comunitario (CPC) que ha formado parte de esta lucha, uno de los mayores obstáculos aún debía abordarse: crear equipos que cumplieran con las especificaciones del departamento de salud, a la vez que fueran prácticos y accesibles para las personas que trabajan en las calles todos los días.
Hubo reuniones, comentarios del público, trabajo en coalición y participación directa de vendedores ambulantes. Rufino se unió al CPC hace cuatro años. Asistió a reuniones y fue al consejo municipal de a la ciudad en apoyó a la campaña. Otros vendedores viajaron hasta Sacramento. Todos contribuyeron en la medida de sus posibilidades.
En enero de 2025, Rufino inició el proceso para obtener su carrito. Luego vino otra espera: aproximadamente un año y medio de papeleo, permisos y requisitos.
Algunos compañeros vendedores le dijeron que todo era mentira, que nunca recibiría el carrito. Rufino también tenía dudas, pero siguió adelante.
Tuvo que cumplir con los requisitos para la venta de alimentos y obtener los permisos necesarios. No es un proceso sencillo. Hoy en día, un vendedor de alimentos en la ciudad de Los Ángeles puede necesitar un registro comercial municipal, un permiso de vendedor de California, un permiso del Departamento de Salud Pública del Condado de Los Ángeles y un permiso de venta ambulante de Streets LA.
El carrito de Rufino, valorado en unos 9,000 dólares, fue proporcionado a través de un programa municipal. La iniciativa de Los Ángeles planea distribuir 104 carritos aprobados, cuyo valor oscila entre los 5,500 y los 15,000 dólares, además de brindar asistencia a los vendedores para que puedan obtener los permisos necesarios.
Ahora Rufino guarda su carrito en un economato y lo transporta a Echo Park todas las mañanas. Sus clientes también han empezado a notar la diferencia: compran con mayor confianza cuando ven un carrito diseñado para cumplir con las normas de salud y seguridad.
Sin embargo, la victoria tiene un sabor agridulce.
No todos los vendedores tienen dónde guardar un carrito, cómo transportarlo o los recursos para cubrir los costos asociados. Si bien algunos programas ofrecen carritos gratuitos y subsidios para cubrir parte del costo de los permisos sanitarios, el acceso aún depende de los requisitos de elegibilidad y la disponibilidad.
Por eso, para Rufino, recibir su carro no significa que la lucha haya terminado.
“Compañeros vendedores, no dejen de luchar”, dice. “Llevo 30 años aquí en Echo Park y nunca he perdido la fe”.
Su carrito es una herramienta para ganarse la vida, pero también es el resultado visible de años de organización.
Una pequeña victoria impulsada por muchas manos, y una lucha que continúa.
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